August and Everything after fue el primer disco de los Counting Crows allá por mil novecientos noventa y tres después de la oleada mediática y social producida por el disco de la década, el Nevermind de Nirvana. Ambos álbumes compartían cierto descontento por la vida moderna pero desde diferentes puntos de vista. Si Kurt Cobain expresaba el suyo desde una raíz punk reconvertida al rock de toda la vida, los Counting Crows bebían de las fuentes del country, del folk y de las gargantas de grandes vocalistas como Van Morrison, Michael Stipe o Joni Mitchell. Ambos representaron en aquellos años de la polémica Generación X la frontera entre el mainstream y lo alternativo. Su compromiso con la música era total y esto les llevo a los circuitos comerciales, consecuencia ésta por la que ambos fueron criticados. Esto fue una constante en la crítica musical popular de los noventa que se alargará hasta nuestros días, se confundía y se confunde la voluntad de mejorar como grupo con la voluntad de vender más discos.
Para Counting Crows todo empezó en los grandes medios con Mr Jones, canción con la que rompieron las listas de ventas como ya hicieran en el noventa y uno REM con Losing my Religion. Compartían con la banda de Athens un interés por renovar el folk de raices americanas, hacerlo accesible para la nueva audiencia de los noventa y por educar emocionalmente mostrando el camino para satisfacer el oído a través de otros sentimientos que no fuesen la euforia que provocaba el rock de Deff Lepard o Bon Jovi, o las ganas de amar a todas horas del R&B negro.
Con estas directrices el disco es un compendio de emociones de frecuencia grave cantadas por la profunda voz de Adam Duritz, a veces demasiado profunda todo sea dicho, que en su momento, tenía yo dieciocho años, me descubrió el placer de regodearme en la melancolía y en la nostalgia. Once canciones que enseñan a sentirse comodamente solo entre el amor que se fue y el que vendrá.
En su tarjeta identificativa se leía: Sócrates Polino Ulloa, antenista. El empleado, tras diecinueve años en la empresa, dominaba todas las herramientas y conocía los materiales. A nadie le extrañó su progreso. Él mismo vislumbró su ascenso cuando su jefe, Sebastián Lonviú, lo llamó al despacho.
- Señor Polino, le dijo, ha demostrado usted un carácter responsable y una minuciosidad paradigmática en su trabajo. Usted, como convenimos en la última reunión, merece una mejor existencia.
La flamante licenciatura en Humanidades del tecnico-instalador, aprobada con paciencia y a distancia, por fin daba su fruto.
- Será usted examinador de espacios, continuó.
Sócrates debería sondear planicies silvestres elevadas para comprobar que la recepción del satélite era la idonea para instalar una antena-servidor. Cobraría ciento noventa y ocho céntimos más por hora.
Una mejoría laboral es una vida mejor, pensó Sócrates.
Ya no tendría que soportar mujeres quejicosas adictas a los programas del corazón, ni padres de familia que, creyéndo ser Aquiles, lo amenazaban de muerte si no devolvía la señal a sus receptores.
Aurora, su mujer, se sintió bienaventurada al oir la noticia.
- Pondré un plátano más en tu almuerzo, le dijo.
Ella quería a Sócrates. No por los partidos gratis, cuando Aurora veía los encuentros del Atlético siempre coincidía con derrota y ella, tan cándida, se sentía culpable, sino por las películas americanas. Ella era feliz viéndolas. Al entrar en la pescadería escuchaba el cuchicheo envidioso de sus vecinas.
- Es que mi Sócrates es examinador de espacios, le dijo a Oliverio con orgullo.
Oliverio Aldecoa, el pescatero, pensó, mientras escamaba la merluza, que aquello de “espacios” le sonaba a su rincón preferido de las señoras. Él pensaba mucho en reproducirse.
Desde que Sócrates se convirtió en examinador de espacios viajaba mucho en su furgoneta. Para entretenerse durante sus viajes pensaba en Aurora. Y cuando el recuerdo de su mujer le aburría se preguntaba alguna cosilla profunda.
Soy humanista, se decía a sí mismo.
En uno de sus trayectos más largos desarrolló una teoría sobre la vida después de la muerte:
El cerebro tiene seis minutos de vida cuando el cuerpo muere. Con las terminaciones nerviosas inútiles ya no entiende de espacio y tiempo. Las religiones ingenian un camino para que, en esos seis minutos, salvemos nuestra alma que es el pensamiento puro, como los sueños. No hay más allá, sólo memorias.
Dejó atrás tres prostíbulos sin pensar en el pecado. Después de orinar en el área de servicio reflexionó sobre la Santísima Trinidad.
Dios simboliza la materia única que forma el cosmos. Es ubicuo. Jesucristo representa al hombre que es hijo de Dios o la forma humana de la materia única. El Espíritu Santo representa...
Sócrates llegó a su destino sin concluir su hipótesis.
Concilio et labore, pensó.
Bajó de la furgoneta y sacó los medidores para examinar la zona. Aquella planicie estaba a seiscientos once metros sobre el nivel del mar. El viento pelaba la piel. Entonces tuvo una intuición.
Este lugar es el conductor perfecto, sentenció para sí.
Su móvil vibró en el bolsillo trasero del mono. Era su mujer. Sin descolgar Sócrates habló y de ese modo comprobó la calidad de aquella planicie.
- Aurora, dijo mirando el parque eólico en el horizonte, tu voz llega aquí con el viento y la mía a tu oído del mismo modo. Estoy en el punto donde la información viaja con libertad plena sin necesidad de soportes artificiales, solo el aire.
Ella, menos revelada que su marido, se extrañó.
- ¿Lo qué?
- Nada, respondió Sócrates, te lo explicaré cuando vuelva.
Aurora confió. Cuando su marido deliraba ella lo achacaba al devenir histórico de su nombre y a sus recién terminados estudios humanistas.
- Te quiero, dijo Sócrates al aire.
Aquel pronombre y aquel verbo sobrevolaron las carreteras, los montes, las nubes y la estratosfera, hasta encontrarse con Aurora sin más mediadores que el viento y los paneles del satélite.
La libertad es hermosa, pensó Sócrates.
Y aquel pensamiento ecuménico, pensado con la magnanimidad de un hombre maravillado, se reflejó también en el satelite y se extendió por el Norte del país transformando el diecisiete de septiembre del dos mil tres, un día que pintaba baladí, en un día memorable. Nadie dijo nada pero todos supieron; al devolver las vueltas del pan o al agitarse la mano dos hombres en el puerto, que un ímpetu amable salvaguardaba sus almas.
Sócrates recogió la información de los medidores, ultimó el informe de campo, comió el segundo plátano y condujo hasta casa. De camino caviló otro rato. Cuando el recuerdo de Aurora le aburrió, se dedicó, durante cincuenta y tres kilómetros, a terminar su definición del Espíritu Santo. No tuvo éxito.
< And you want to travel with her,
you want to travel blind,
and you know that she can trust you
for you've touched her perfect body
with your mind >
Leonard Cohen, Suzanne, mil novecientos sesenta y siete
La calefacción central mantenía mi desnudez tibia. Fuera, el otoño guardaba el cielo tranquilo y gris, y el suelo mojado. El contraste de la visión fría con la sensación templada resultaba placentero, como un neandertal que había encontrado una cueva para pasar el invierno y reproducirse a gusto. Susana susurraba en la cama, quizás entre sueños, bajo sus sábanas negras de seducir que escondían su cuerpo escuálido. En la calle la gente terminaba de empujar lo que quedaba del día hacia la noche. Los reflejos de los faros con la lluvia dejaban su marca un instante en los charcos de la carretera. Detrás de la ventana el sonido de las ruedas recordaba a las olas del mar. Me acerqué al aparato de música con cuidado y puse el vinilo en el tocadiscos con el mismo cuidado. La aguja cayó y bajé el volumen. Un arpegio de guitarra de acorde menor se esparció por la habitación. Y una voz templada y honda, voz de hombre, a punto de quebrarse de puro grave, lo acompañó. Me arrimé en silencio y desnudo hacia ella. Yacía recostada sobre un lado con la mano derecha sobre su hombro izquierdo. Su pelo se dejaba hacer por la gravedad mostrando su espalda a cuello desnudo. Retiré delicadamente el resto de la sábana dejando su cuerpo al descubierto. Un cuerpo que de tan delicado parecía a punto de quebrar también. Tuve entonces el impulso de despertarla como hubiese hecho ese amante romántico que un día había sido, decirla que no había nada más que ella. Pero sabía que acababa de hacer el amor y ya la edad me había enseñado que el amor moría allí, donde moría el diablo blanco. Después se convertía en dolor y en adicción. Mis manos dejaron de hacerme caso y, pioneras de aquel nuevo mundo, descubrieron los hoyitos graciosos de su espalda que antes, por lo caluroso de nuestro encuentro, habían pasado desapercibidos. Mis manos aumentaron su presión con aquella vida propia, la vida del animal que esperaba al acecho dentro de mi cuerpo, transitaron por su costado llegando hasta su pálida nalga izquierda, y ya al llegar donde su piel se estiraba para consumar la gracia del culo, comencé a notar mi erección. Encontraron su sexo tibio desde la parte de atrás y allí se entretuvieron. Pensamientos seudo filosóficos confirmaron que muchas de las grandes respuestas derivaban de lo que acariciaban en ese momento. El cáliz de Prometea, la vagina, el glorioso monte de Venus de donde surgía la vida y donde la vida deseaba volver irremediablemente. En realidad, más que encontrar respuestas uno dejaba de preguntarse cuando las manos sujetaban el sexo de la mujer. Reconocí para mis adentros que más que manos de escultor tenía manos de seductor. Advertí que el roce por las traseras de sus muslos iba a acabar excitándola a ella también. Agarré sus muslos con más fuerza y hundí mi boca en las espesuras de su gracia. Ella me devolvió el eco de mi lamer con sus suspiros, y luego me dio su amor de mujer, su moneda de cambio para ganarse un poco de sexo. Cuando acabamos quedó dormida placidamente y yo escapé, como muchas otras veces había escapado, mal vistiéndome en el pasillo y sujetando el pestillo de la puerta de salida para evitar que ella se despertase.
Empapado entré en casa dejando las bolsas en la entrada. Me encantaban las compras nocturnas en los hipermercados. A última hora estaban llenos de rondadores nocturnos, de personajes secundarios escapados de novelas contemporáneas. Aquella noche merodeaban por allí una vieja pitonisa estirando las piernas de esas que parece que le van a sorprender a uno y, sin conocerle de nada, van a predecir su futuro poniendo al descubierto sus miedos y aspiraciones, un soltero llenando la cesta de cerveza nacional y embutidos embasados al vacío y una secretarias en chaqueta y falda roja con unos mechones escapados de su coleta comprando yogures ligeros. Todos solos, todos abocados al enfrentamiento con dos cajeras jóvenes con ganas de marcharse, de quitarse los zuecos, de ver un rato la televisión, de cenar o, en el mejor de los casos, de echar un buen polvo. Yo, como siempre, me había limitado a observar y a comprar un par de sobres de comida deshidratada, un paquete de curasanes, cuatro cartones de leche y unos paquetes de café, con la libertad espiritual del bien follado. La verdad era que mi vida, que transcurría ajena al compromiso, era de lo más divertida. Me sentía más joven que nunca, más joven que cualquiera de mis amigos a los que veía abocados a sus diferentes formas de fracaso convencional: parejas, trabajos estables o basura, parejas o matrimonios y demás proyectos rutinarios de aires aburridos. Yo, por el contrario, vivía el sueño del adolescente esquivando dormir en mi propia cama cada noche que surgía la oportunidad, esquivando la comida sana, los horarios y la ropa decente. Sabía, o tenía el presentimiento, que aquella forma de llevar mis huesos y mi carne de aquí para allá a deshora sin un destino me pasaría factura más tarde o más temprano. Ser artista era eso para mí, aprender a vivir de espaldas a todo, incluso a mi mismo, incluso a mi cocina. Y no había cosa más asquerosa que evitar limpiar la cocina durante una semana. De mis años como ayudante de chef había aprendido que la mala comida enriquecía su sabor cuanto menos se lavaran los utensilios, mandamiento llevado al extremo en mi horno microondas donde metía cualquier cosa. Igual de asqueroso era comer y dormir en la cama plegable de mi salón delante de la vieja televisión que había heredado de mis padres. Frente a aquel caos, me esforzaba por recordar algunas de las razones por las que había decidido dedicarme al arte, en concreto a ser escultor. Con estos pensamientos me dirigí hacia el final del pasillo. Me detuve en el baño. Prefiero no describir esta estancia donde la humedad había hecho estragos. Me lavé las manos con esmero con el jabón que había robado en la última fábrica donde había trabajado. Era uno de glicerina con pequeñas partículas en su interior que raspaban ligeramente la piel. Necesitaba tener las manos limpias para trabajar. Después entré en la habitación donde esculpía. A tientas encendí la luz a la derecha del umbral. Era una habitación amplia, de paredes blancas y sorprendentemente limpia comparada con el resto del apartamento. En el centro había una mesa central redonda y de fácil acceso sobre la que me esperaban los utensilios más útiles; varios punzones y cinceles, otros tantos martillos, unas gafas de quirófano, papel de lija de diferente numeración, vasos de plástico, botellas de agua, guantes de látex, un bote con rotuladores y lapiceros, y un par de cuadernos con diferentes esbozos. A la derecha del quicio había unas baldas de aluminio con bloques de arcilla, de cera, algún proyecto malogrado, maquetas de otros proyectos, recambios para los utensilios de la mesa y una radio de los ochenta que me habían regalado mis padres. Debajo de las baldas había guardado una esterilla y un saco de dormir por si me decidía pasar la noche allí. Al fondo había una ventana, siempre abierta, por la que entraban los diferentes sonidos de la calle: motores de coches y sus cláxones, el murmullo de la gente y sus gritos, las verjas de los comercios subiendo o bajando, la música del Pecados, un bar que solía cerrar tarde y recogía a los tecnochicos pernoctadores de la ciudad, alguna falsa alarma, el abrir y cerrar de la puerta gigante de un restaurante chino y otros sonidos propios de la vida en la ciudad. El resto de la estancia estaba habitada por mis esculturas. Algunas terminadas, otras sin terminar, todas mujeres, todas como fantasmas merodeando en busca de un dios que las ofrecieses la vida de nuevo o por primera vez. Así me gustaba pensar en ellas. Al fin y al cabo eran antiguos amores que la arcilla, la escayola y la cera habían rescatado temporalmente del olvido. Mujeres que poblaban mi soledad. La pulcritud de la estancia y el hecho de que siempre que entraba allí me dedicaba a esculpir me incitaban, desde el momento que abría la puerta, a trabajar. La soledad verdadera era otra condición indispensable y desde que mis padres habían vuelto al pueblo porque la edad les había avisado de que pronto se convertirían en árboles, mi soledad era más verdadera que nunca. Mi deseo por las mujeres me había separado de mis amigos hartos de que menospreciase su amistad cada vez que se cruzaba una falda. Y cuando esto había sucedido yo no había respetado ni la amistad, ni la familia, ni ningún sentimiento que no fuese el mío.
Una vez allí pensaba sólo dar cuerpo a las imágenes de mi mente. De este modo rescaté de la memoria el cuerpo de Susana y una máxima absurda; el compromiso con el amor único no conoce la perfección. Por alguna razón unía mis obras a algún concepto universal que creía haber descubierto. Ese recuerdo del cuerpo frugal y pálido me llevó a tener una erección. Esa era la señal. Entonces comencé a trabajar. Mi ilusión había sido esculpir la imagen perfecta de la mujer horizontal, relajada y orgullosa de su desnudez. Creía que haber experimentado con tantas mujeres me llevaría hacia la perfección, a transmitir en mi obra una belleza real incontestable y universal.
Moldeé los pechos ligeramente caídos por la relajación y la gravedad, sin el asomo de sus pezones, un pie descansando sobre el otro con aire causal y el cabello un poco más abajo de los hombros pues decidí alargarlo y densificarlo con respecto al original para que el nuevo cuerpo ofreciese una imagen de energía irrevocable. La excesiva escualidez del modelo me llevó a añadir cierta musculatura a la copia, sobre todo en la espalda. El codo izquierdo servía de apoyo y eje vertical a la escultura aunque su bíceps tenía cierto truco ya que lo esculpí relajado cuando debería haber estado en tensión. El brazo derecho caía sobre la pierna derecha. Ésta armaba el otro eje vertical al estar flexionada dejando al descubierto el sexo de la escultura. Aquella era mi aportación al arte, explicitar la belleza del sexo femenino. Entonces moldeé el sexo con gratitud, moroso y con la delicadeza de un topógrafo.
De este modo la lija de las horas nocturnas se fue llevando la piel de mis manos. Unas horas después, cuando el tejemaneje de la calle era ya casi inaudible y apenas otro apartamento en el edificio de enfrente permanecía con la luz encendida, perdí la inspiración. Aunque no había terminado todavía, la obra ya había tomado una forma aceptable. Me aparté de la mesa y esquivando las otras esculturas me dirigí a la ventana. La calle estaba vacía y aun llovía. El olor a humedad era agradabilísimo, el aire volaba tan limpio como podía estarlo en la ciudad. Pronto me di cuenta de que debía girarme para comprobar mi progreso. Debido al estado de trance con el que me dedicaba a esculpir, ese sería el momento en el que por primera vez valoraría el trabajo. Así que me giré. Su espalda estaba perfectamente contorneada, muy femenina, con esa curva que va anunciando la elevación de las caderas y los dos ojitos advirtiendo de la gran frontera. Los pechos eran un poco más grandes que los de Susana, más perfectos y apetecibles, del tamaño de melocotones obesos. Los pies tenían una forma más delicada que la original y sus dedos estaban más definidos, sin aquella antiestética curva del meñique, sin aquella uña machacada por la puerta. Para comprobar la forma de su sexo no me quedaba otra opción que palparlo. Y así lo hice. Era magnífico, los labios sobresalían unos cuatro milímetros y la mariposa sin alas estaba allí, sobresaliendo dos milímetros por encima de las colinas, lo justo para poder ser acariciada. Pronto reconocí la validez de la escultura y la observé maravillado como si hubiese sido esculpida por otro escultor. Aquella mujer era la mujer de mis sueños y de mis deseos más íntimos y gloriosos.
Estiré la esterilla sobre el parqué entre dos esculturas, me cubrí malamente con el saco y pronto quedé dormido. Me despertó unas horas más tarde el bullicio de la bien entrada mañana. La ciudad llevaba varias horas funcionado a toda máquina. El sol entraba por la ventana salvaje y mis ojos tardaron en acostumbrarse a la luminosidad del nuevo día. De mis sueños me había traído una cierta ansia nada concreta. Así, lo primero que hice fue evaluar el cuerpo de mi nueva obra. Seguía pareciéndome perfecto. Noté entonces el hambre matutina. Me apetecía un buen café caliente con un curasán y ya salía para prepararlo cuando en el umbral de la puerta un escalofrío me previno de salir. Algo había en la nueva escultura, algo que debía ver. Así que me volví. Todo parecía normal, la esbeltez de su cuerpo continuado por la delicadeza de su cuello y después su cara. Fue entonces cuando observé con horror aquel rostro. El más terrible de los espantos atenazó mi pensamiento que se tambaleó ante aquella visión imposible. No era el rostro de Susana el que mis manos habían esculpido, ni siquiera el de otra mujer, ni un rostro sin forma, era mi propio rostro. Con rabia empuje la escultura hasta que encontró el borde de la mesa y después el suelo. Cogí el martillo más pesado y zarandeándolo con las dos manos destrocé aquel semblante y, sin pensarlo dos veces, abandoné aquella habitación a la que no me atrevería a entrar después.
Pasaron varios años hasta que volví a pensar en el arte, en representar, en proponer o en inspirar. El temor me lo había impedido. Trabajé en cosas que nada tenían que ver con aquella vocación, sino con horarios estrictos y con pagas a final de mes. Fue el otoño pasado que me decidí a volver. Me costó bastante tomar aquella decisión. Pensé primero en la pintura, pero resultaba evidente que dedicándome a ella corría el mismo riesgo que había corrido con la escultura. Y entonces una tarde vino a mí como una iluminación, me dedicaría a escribir. De ese modo no tendría que mirarme directamente a los ojos.
Moon Palace fue editada en mil novecientos ochenta y nueve y es la tercera novela de Paul Auster, el escritor de Nueva Jersey y reciente Premio Príncipe de Asturias. Cuenta la historia de Marco Stanley Fogg (Marco por Marco Polo, Stanley por Sir Henry Morton Stanley y Fogg por Phileas Fogg) un joven que busca su propia historia a finales de los sesenta y principios de los setenta en la ciudad de Nueva York. Una novela más histórica de lo que podría parecer en un principio que cuenta como lo contaría un escritor del noventa y ocho español pero sin su pesimismo, el devenir intrahistórico de la sociedad americana desde la revalorización artística del oeste americano de finales del diecinueve hasta la llegada del hombre a la luna. Si en otras novelas del mismo autor los personajes suelen perder su identidad hacia el final del relato como en City of Glass de mil novecientos ochenta y cinco, en Moon Palace Marco va recuperando su identidad tras haber tocado fondo como vagabundo durmiendo en Central Park. El detallismo del autor y su fabulosa documentación hacen que los personajes y las situaciones de la novela se entremezclen con la realidad histórica y literaria americana realzándola e iluminándola. Thomas Alva Edison, Sir Walter Raleigh, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, Theodore Roosevelt, los indios Navajos, la reserva de Roanoke, el wilderness, la crisis del veintinueve y los desiertos de la costa oeste son algunos de los mitos que Auster conjuga a la perfección en la novela. Auster tampoco olvida en este título su habitual referencia a la literatura española con una mención especial al Lazarillo de Tormes.
Si bien lo moroso del detallismo mencionado mina de vez en cuando la paciencia del lector, es sin duda un esfuerzo asumible teniendo en cuenta el beneficio. Destacabilísima es la historia de Thomas Effing, un auténtico americano hecho a si mismo que pinta los paisajes transcendentes del desierto cuando el desierto todavía no sufría la explotación turística que vendría en el siglo veinte. Atentos también a la manera del protagonista para apreciar la pintura, un verdadero decálogo que sirve como inspiración y guía a la hora de visitar cualquier museo.
Moon Palace es en definitiva una novela perfecta para la tarde de agosto, sobre todo si la cultura americana y técnica novelística son de tu interés.
Aprovechando los días tontos de agosto, días en los que no hago otra cosa que esperar el otoño y trabajar en lo que buenamente puedo para llenar la saca que quemaré este invierno, dedico estas tardes a retocar y corregir una serie de relatos que ya habían cogido la carretera hacia el olvido. De esta manera, manera que me trae dudas por su formato, hago público mi trabajo para el disfrute, la cítica o la indiferencia. Cualquiera de las tres me satisfará más que el irremediable olvido.
No puedo pometer nada al lector que deje su tiempo aquí, nada más allá de un poquito de literatura de aficionado, de cariño por las historias y mi más sincero agradecimiento.
Bienvenidos.